Te has encontrado con Jesús? Colección Vida desde la Fe Volumen 2

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  Alejandra María Sosa Elízaga Te has encontrado con Jesús? Colección Vida desde la Fe Volumen 2 designó el Señor a otros setenta y dos y los envió por delante... a todas las ciudades y sitios a donde Él
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Alejandra María Sosa Elízaga Te has encontrado con Jesús? Colección Vida desde la Fe Volumen 2 designó el Señor a otros setenta y dos y los envió por delante... a todas las ciudades y sitios a donde Él había de ir... (Lc 10, 1) E D I C I O N E S 72 2 ALEJANDRA MA. SOSA ELÍZAGA TE HAS ENCONTRADO CON JESÚS? Colección Vida desde la Fe Volumen 2 EDICIONES 72 3 Título: TE HAS ENCONTRADO CON JESÚS? Colección Vida desde la Fe Volumen 2 EDICIONES 72, S.A. DE C. V. Moctezuma 17 local C, esq. Chimalcoyótl, Col. Toriello Guerra, Tlalpan, C.P , México, D.F. ISBN: Registro del Derecho de Autor: Prohibida su reproducción total o parcial sin permiso por escrito de la autora y/o del editor Correo electrónico: Si desea escribirle a Alejandra María Sosa Elízaga puede hacerlo al Ap. postal México, D. F. Correo electrónico: tel: Í N D I C E PRESENTACIÓN 7 Un chisme buenísimo? 8 Qué hacen los que hacen oración? 9 Dónde poner el corazón Tener fe 17 Honor a quien honor merece La corrección de Dios 23 Shhh... escuchas? 26 Sabios o sabihondos? 29 Amor vs desamor 32 El poder en la oración 35 Encuentro o desencuentro 38 No son las cuentas sino con la que cuentas! 41 Dar gracias 44 Manos arriba 47 Dulces al diablo? 50 Santidad 53 De principios y consecuencias 56 Ya nos contaron la película! 59 Cuándo será ese cuando? 62 Dame paciencia, pero ya!! 65 Guadalupana 68 Sueños no imposibles 70 Tu propósito de año nuevo 73 Perder o no perder la cita 76 5 Dime con quién andas y te diré quién eres 79 La tragedia: destruye o fortalece tu fe? 82 Oración por la unidad de los cristianos 90 Cambio festejable 93 Solidaridad 96 Adiós al saco roto Amigo 102 Pedir perdón por otro 105 Le has perdido la confianza a Dios? 108 Para ser alguien Quieres ser libre? 114 Te has encontrado con Jesús? 120 Tiniebla rota 117 Docenario de la Misericordia Divina 123 A la muerte de Juan Pablo II 125 La Iglesia y el Papa 128 De qué nos alegramos? 131 Alegoría 134 Obras de Alejandra Ma. Sosa E PRESENTACIÓN E ste es el segundo volumen de la colección de cinco libros titulada: Vida desde la Fe. Con ese estilo característico de Alejandra María Sosa Elízaga, que sabe decir cosas profundas en pocas líneas, y a veces hace reír y a veces pone un nudo en la garganta, estas reflexiones, de no más de dos o tres páginas cada una, son ideales para leer una diaria. Trata temas de la vida cotidiana, casi siempre iluminados por textos bíblicos que se proclaman en Misa. Su objetivo es relacionar la vida y la Palabra, para ayudar al lector a descubrir qué sabroso es no sólo leerla sino saborearla, porque nutre y fortalece, habla al corazón y lo llena de paz, gozo y esperanza. 7 Un chisme buenísimo? T e tengo un chisme bue-ní-si-mo!! Esta frase garantiza capturar la instantánea atención de quien la escucha. Parece que a todo el mundo le interesa el chisme, especialmente si promete ser informativo y sobre todo...venenoso. Todo el mundo parece estar dispuesto a oír algo malo de alguien más. El problema es que no existen chismes buenísimos : todos los chismes son malísimos. Por qué? Porque hacen un triple daño: En primer lugar el chisme daña a la persona de la que se habla. Se hace público un defecto, un error, una falta y eso provoca dos reacciones muy negativas: por una parte hace que quienes oyen el chisme etiqueten a esa persona. Dicen que al que mata un perro le llaman mataperros y es verdad; los que oyen hablar mal de alguien tienden a hacerse una mala imagen de él y es casi imposible que la cambien. Por otra parte, la persona etiquetada queda aislada pues los demás ya no confían igual en ella. Y quizá entre quienes ya no se le acercarán estaba alguien que la iba a ayudar a cambiar y a superar su defecto. Alguno podría considerar que no importa si al hablar mal de otro le hace un mal, al fin que le cae gordo y no le importa lo que le pase. Ante esto cabe responder que esta actitud no es cristiana. Como seguidores de Cristo estamos llamados a cumplir el único mandamiento que nos dejó: amarnos unos a otros (ver Jn 15, 12), y el amor consiste en hacer un bien al otro, no sólo con las obras sino también con las palabras. 8 En segundo lugar el chisme daña al que lo escucha. No te ha pasado que te cuentan algo malo de alguien cercano o algo que supuestamente dijo de ti y como no puedes ir a aclararlo porque quemarías al chismoso, te quedas con un sentimiento de molestia y decepción que no puedes quitarte porque no tienes manera de averiguar si aquello que te dijeron fue cierto o no? Prestar oídos a chismes equivale a llenarnos de comida chatarra: no sólo no nos alimenta sino que nos desnutre y enferma. En tercer lugar el chisme daña a quien lo cuenta. El que habla mal queda mal. Cuando un amigo tuyo te dice horrores de otro amigo, te quedas pensando: si así habla de éste cuando no está, cómo hablará de mí?... Recuerdo una ocasión en la que mi hermano y yo estábamos criticando a un conocido que había hecho algo con lo que no estábamos de acuerdo. Mi mamá interrumpió la charla diciendo: bueno ya, cambien de tema, que nadie se ha hecho mejor porque hablen mal de él a sus espaldas. Esa frase fue un golpe a la conciencia, una invitación a reflexionar en lo que aquí se ha planteado: que hablar mal no sólo no hace mejor a nadie: ni a la persona de la que se habla, ni a quien habla ni a quien escucha, sino que es una práctica destructiva totalmente contraria a lo que Dios espera de nosotros. En el Salmo 14 se plantea esta pregunta: Quién será grato a Tus ojos, Señor?, y entre otras cosas, se responde: El que con su lengua a nadie desprestigia...el que no hace mal al prójimo ni difama al vecino... (Sal 14, 1.3). El chismoso que cree serle muy grato a quien lo escucha, se olvida de que también lo está escuchando Dios... En una ocasión en que trataba este tema con un grupo de señoras una de ellas preguntó impaciente: pero entonces, qué?, ya no se puede hablar de nadie?. La respuesta es: depende de la intención con que lo hagas. Cuando la intención es exhibir al otro, hacerlo quedar mal, arruinar su buena fama (es decir, difamarlo), en suma, cuando se busca destruir hay que callar. Y ni siquiera decir: tengo un chisme sobre fulanito pero no lo puedo contar : esto despierta más curiosidad y hace que lo oyentes se imaginen algo peor de lo que en realidad es. Sólo se puede hablar de otra persona 9 cuando no se hace mal o se busca hacer un bien, encontrar una solución, una manera concreta de ayudar a aquél del que se habla. Alguien podría alegar que es difícil callar cuando otro nos cae mal o ha hecho algo que nos enoja o indigna. Surge siempre la tentación de platicarlo. La sugerencia aquí es: platícalo, sí, pero no a la gente sino a Dios. Y pídele ayuda para esa persona. Hay que orar en lugar de criticar. Había un sacerdote que cuando alguien hablaba mal de otro decía: qué barbaridad, qué mal está, necesita que recemos un Rosario por él! Y ahí mismo se ponía a rezar y hacía que el chismoso rezara con él. Y hacía esto tantas veces como se hablara mal de alguien. La gente empezó a cuidarse mucho de decirle nada malo de nadie a riesgo de pasarse el día rezando Rosarios! (no es mala idea, eh?). Santa Teresa de Ávila decía que como no permitía que en su presencia se hablara mal de alguien, donde ella estaba todos tenían bien cuidadas las espaldas. Qué bello que se pudiera decir eso de nosotros... 10 Qué hacen los que hacen oración? H ace años cuando oía que alguien hablaba de hacer oración no entendía a qué se refería, porque eso de hacer me sonaba a cosa práctica, como hacer pan o hacer una casa, pero yo veía que los que oraban no hacían nada aparente, más bien se quedaban sentados o arrodillados, inmóviles, en silencio y a veces hasta con los ojos cerrados, así que me preguntaba: qué quieren decir con eso de hacer oración? y más aún, cómo se hace eso? Encontré una respuesta en algo que dijo Santa Teresa de Ávila: que orar es hablar de amor con Aquel que sabemos nos ama. Así de simple! Eso quiere decir que hacer oración es construir nuestra relación con Dios, una relación en la que ya vamos de gane porque de antemano lo tenemos conquistado, pues sabemos que nos ama, que, como dice San Juan: Dios nos amó primero (1Jn 4,19). Viene a la mente la imagen de dos novios sentados en una banca del parque, que se miran a los ojos en silencio o hablan quedito entre los dos. Aparentemente no están haciendo nada, y sin embargo están haciendo mucho!, están construyendo su noviazgo, conociéndose mutuamente. De igual modo, la oración es un medio indispensable para alimentar y mantener una estrecha comunicación amorosa con Dios. En Lc 11, 1; dice que Jesús estaba orando y los apóstoles se esperaron a que terminara y luego le pidieron que 11 los enseñara a orar. Es muy interesante que San Lucas nos haga notar que no lo interrumpieron. Seguramente no lo dice para mostrarnos la cortesía de los apóstoles (no suele hacer este tipo de comentarios: cuando Jesús entró se pusieron de pie, cuando salió lo dejaron pasar primero por la puerta ). Más bien esta frase nos hace pensar que los apóstoles no se atreven a interrumpir a Jesús porque han percibido que sucede algo extraordinario cuando Jesús ora, y no me refiero a que le salgan rayos de la cabeza, como lo pintan en las estampitas, sino a que de la oración extrae la fortaleza, la capacidad de enfrentar con paz y alegría esas jornadas tremendas y agotadoras en las que se ve continuamente rodeado y apretujado por multitudes ávidas de escucharlo, de tocarlo, de pedirle milagros, y a las que siempre enfrenta con paciencia y con misericordia. La oración, el contacto con el Padre lo sostiene e ilumina y por eso siempre se da tiempo para orar. No es pues de extrañar que los apóstoles le pidan: enséñanos a orar, es decir, enséñanos a tener eso que tienes Tú, esa relación especial con Dios, esa fuente de la que extraes tanta riqueza... Cómo responde a esto Jesús? En primer lugar vemos que les enseña el Padrenuestro (ver Lc 11, 5-4), pero ojo! no lo hace para que lo reciten sino para que lo vivan, para que aprendan a descubrirse hijos del Padre más amoroso; para que se sientan comprometidos a construir el Reino; para que no se atrevan a pedir ser perdonados si no perdonan; para que ante toda dificultad aprendan a poner su mano en la mano del Padre... Jesús les da esta oración no para que se contenten con repetirla sino para que sea una guía con base en la cual construyan su relación de amor y confianza con el Padre. Y después qué hace? Los invita a perseverar en la oración (ver Lc 11, 5-10). Es que sabe que la gente se desanima pronto cuando se trata de orar. Cuál es la razón de este desánimo? Se realizó una pequeña encuesta sobre oración y a quienes respondieron que hacía tiempo habían dejado de orar se les preguntó por qué. Unos dijeron que porque no sentían nada cuando oraban (seguramente habían acudido a la oración en espera de vivir sensaciones sobrenaturales y cuando pasó el tiempo y no sucedió nada, se decepcionaron). Otros dijeron 12 que no se había cumplido lo que pidieron (en un mundo en el que todo sucede de inmediato: oprimes un botón y se enciende un aparato; marcas un número en el teléfono y en seguida te comunicas con alguien, resulta desesperante para algunos orar pidiendo algo y no ver resultados instantáneos). Detrás de las razones de unos y otros está un concepto equivocado acerca de la oración. El que ora no debe hacerlo para ver si levita o le cae el rayo de las once, o sólo porque espere obtener al instante lo solicitado. Orar es sobre todo querer entrar en diálogo no en monólogo con Dios; hablarle sí, de todo lo que nos pasa, nuestros sueños y dificultades, pero también aprender a escucharlo, percibir la manera como responde; orar es permitir que el Señor nos dé Su Luz y nos lleve por Sus sendas; orar es dejar que el Señor siembre Su amor en nuestro corazón. Si no oramos cómo estrecharemos nuestra amistad con Él?, cómo aprenderemos a reconocer Su voz?, cómo confiaremos en Su Palabra?, cómo nos daremos cuenta de que en todo interviene para bien? Como se ve, hacer oración no es lo mismo que no hacer nada, todo lo contrario. En primer lugar es imitar y obedecer a Jesús, pero además implica edificar día con día en tu corazón un espacio privilegiado para tu cita íntima y amorosa con Dios, tu enamorado... NOTA: Si sientes que necesitas ayuda para aprender a orar, te recomiendo que asistas a un Taller de Oración y Vida (TOV). En aproximadamente catorce sesiones de dos horas, una vez por semana, te enseñan e invitan a practicar diversas maneras de orar, de modo que al finalizar el taller ya quedas armado para toda la vida! Estos TOV se suelen llevar a cabo en parroquias, conventos, escuelas, casas de retiros, etc. y los hay para adultos, jóvenes, etc. en todos los rumbos y todos los horarios imaginables. Tienen lugar dos veces al año: a mediados de enero y a mediados de agosto. Pregunta por el más cercano a tu domicilio y anímate a asistir. Es una experiencia que te enriquecerá para siempre. 13 Dónde poner el corazón... E l paisaje era fantástico. Las nubes tenían los bordes naranjas y rosados, y al soplo del viento las hojas de los árboles se agitaban dejando ver detrás un sol inmenso, amarillo rojizo que lo pintaba todo de un vibrante color dorado. En eso se alcanzó a oír un ruido como de motor y zaaas! el paisaje se deshizo convertido en carretada de agua lodosa y sucia que cayó sobre mí como aguacero. Pensé: es lo que saco por contemplar un charco en una calle transitada. Es que se reflejaba todo tan bonito! Fue una brusca vuelta a la realidad que me obligó a incorporarme, sacudirme y secarme, pero no sólo eso: me permitió darme cuenta de que todo a mi alrededor se había puesto infinitamente más espectacular: el cielo entero estaba rojo y lila, el sol era un gran disco colorado a punto de rodar sobre el borde oscuro de la montaña; había aparecido el lucero de la tarde y hasta una uñita de luna. La vista no lograba absorber tanto color, tanta belleza. A buen resguardo del charco, que ahora estaba otra vez lisito como espejo el muy hipócrita, le dirigí una última mirada, no exenta de cierto rencorcillo, debo admitirlo, y comprobé que aunque era un charco bastante grande, el paisaje que reflejaba no se comparaba ni de chiste con la realidad que ahora abarcaban mis ojos. Eso me hizo recordar lo que dice San Pablo: Busquen los bienes de arriba, donde está Cristo...Pongan todo el corazón en los bienes del cielo, no en los de la tierra. (Col 3, 1-2). A veces va uno por la vida fijándose sólo en los 14 bienes de la tierra ; en las realidades inmediatas; en lo de acá abajo; en los charcos ; en cosas aparentemente bellas y buenas que en realidad son sólo un pálido reflejo de lo verdaderamente bello y bueno: los bienes de Dios. Esto se debe a que vivimos en un mundo que nos quiere convencer de que los bienes que ofrece bastan para alcanzar la felicidad; que con tener cierto auto, una casa en cierta colonia, un cierto puesto de poder, seremos felices. Y lamentablemente muchos se lo creen. Leía en el periódico que un asaltante declaró que él y su banda no robaban por hambre sino para tener pulseras de oro, buenos coches y poder darse la gran vida. Qué triste que haya quien crea que los bienes de la tierra garantizan la vida. Y peor aún si cree que podrá tener buena vida haciendo el mal y despojando a otros. Jesús llama insensato a todo aquel que amontona riquezas para sí mismo y no se hace rico de lo que vale ante Dios. (Lc 12, 21). Lo que vale ante Dios no es que tengas una esclava de oro, sino un corazón de oro; no es que te sirvan sino que seas capaz de servir; no es la rapidez de tu auto sino la rapidez con que perdonas, ayudas, tiendes la mano... El mundo engaña cuando promete que los bienes garantizan la felicidad, no lo hacen. Era acertado el título de aquella telenovela: Los ricos también lloran. La enfermedad, el dolor, la soledad, la muerte llega a pobres y ricos por igual. Nadie se llevará sus posesiones materiales a la tumba, qué caso tiene pasarse la vida anhelándolas y/o acumulándolas? Por eso San Pablo nos invita a poner el corazón en los bienes del cielo. A qué se refiere? Alguno podría pensar que se trata de algo que espera esté muuy lejano (el momento de morir y llegar al cielo); otro quizá crea que se trata de pasarse rezando todo el día o de hacer algo tan elevado y espiritual que le da flojera. La verdad es que los bienes del cielo están muy a nuestro alcance y son infinitamente más satisfactorios que cualquier otra cosa: se trata de los bienes que Dios ha sembrado en nuestros corazones, como el amor, la fe, la esperanza, la justicia, la paz, el perdón...poner el corazón en ellos significa dejar que animen cada uno de sus latidos; significa vivir ejerciéndolos. San Pablo nos invita a tener los pies bien puestos en la tierra, pero con la conciencia de que somos ciudadanos del cielo, de paso en este mundo, destinados 15 a otra realidad en la que lo que cuenta no es acumularlo todo sino darlo todo. Los bienes de la tierra están a nuestra disposición para que los usemos como instrumentos que nos ayuden en nuestro caminar hacia Dios, no son fines en sí mismos. Y tienen algo muy malo: son muy pegajosos: se nos adhieren al corazón, nos convencen de que son indispensables y nos vuelven capaces de cualquier cosa con tal de conseguirlos o conservarlos. Decía San Ignacio de Loyola que debemos usar todas las cosas en la medida que sirvan para el fin para el que fuimos creados que es la vida eterna. Ello implica luchar continuamente para que los bienes de la tierra no se nos vuelvan obstáculo, lastre; tener muy presente que no sólo no garantizan la felicidad eterna sino también estorban la felicidad en este mundo porque nos esclavizan, nos vuelven seres egoístas, frívolos, competitivos, preocupados por no perderlos y por acumular más; y nos aíslan de los demás y de Dios. Decía San Agustín que Dios nos creó para Él y nuestro corazón sólo descansa en Él. Tenemos en el alma un hueco del tamaño de Dios que sólo Él puede llenar. Intentar llenarlo con bienes de la tierra es conformarse con contemplar el cielo reflejado en un charco. Cuidado. No tarda en deshacerse el encanto y salpicarnos el fango... 16 Tener fe E l otro día escuchaba por radio a un locutor y una locutora que coincidían en afirmar que les gustaría tener fe en Dios pero que no podían tenerla, y cuando cada uno expuso sus razones para esta supuesta imposibilidad me llamó mucho la atención que las mismísimas respuestas que dieron las hubiera podido dar otra pareja cuya historia se cuenta en el Antiguo Testamento y cuya fe era tan grande que en San Pablo la pone como ejemplo! Pensé que era muy curioso que lo que unos consideran obstáculo para creer, a otros no les estorbe en lo absoluto. El locutor dijo que no se consideraba creyente porque tenía muchas dudas respecto a Dios, muchos interrogantes sin respuesta; que además su vida actual le parecía bastante aceptable y no le interesaba complicársela con una fe que le exigiera cambiar en algo. Es obvio que no ha captado que uno no cree en Dios porque uno lo sepa o entienda todo acerca de Dios; que la fe no implica no tener dudas. Como seres humanos jamás podremos abarcar a Dios con nuestra limitada mente, es absurdo esperar a tener todas las respuestas para poder creer. El creyente no es aquel que no descansa hasta saberlo todo de Dios, sino el que descansa en Dios que lo sabe todo. Ahí tenemos a Abraham. Es ya un anciano cuando Dios lo invita a abandonarlo todo -su tierra, su gente, su hogar de toda la vida- para ir quién sabe a dónde a cumplir un sueño que hasta ese momento parecía irrealizable. Cuando quizá ya estaba pensando en pasarse las tardes merendando chopitas y 17 contemplando el atardecer con sus pantuflas puestas y su viejita a su lado, Dios le cambia los planes radicalmente!, y no le da detalles, no le regala un mapa, no le presta una guía roji, no le hace reservación en ningún hotel, no le explica el itinerario, no le revela por qué lo eligió a él, para acabar pro
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