INCORPORANDO SUCESOS NACIONALES E INTERNACIONALES Características de la crisis política del Estado mexicano ( )

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1 Indice BLOQUE PROCESO DE CREACION Y CONFORMACION DE MEXICO COMO NACION Contexto histórico en el que surge México como país independiente en los aspectos político, económico y social Características de los proyectos de Nación... 6 BLOQUE 2 CONFORMACION DEL ESTADO MEXICANO COMO UN PROCESO MARCADO POR CONFLICTOS INTERNOS E INTERVENCIONES EXTRANJERAS Características sociales, culturales, políticas y militares de diversos procesos y acontecimientos históricos Primeros gobiernos del México independiente Los gobiernos centralistas ( ) La República federal ( ) La restauración de la República ( ) BLOQUE EL REGIMEN PORFIRISTA ( ) Características del Porfiriato Crisis política y económica del Porfiriato Movimientos sociales surgidos al final del Porfiriato BLOQUE LA REVOLUCION MEXICANA ( ) Etapas de la Revolución Mexicana Cambios sociales y culturales en diversas expresiones artísticas BLOQUE PROCESO DE RECONSTRUCCION NACIONAL, LA ONSOLIDACION DEL REGIMEN POSREVOLUCIONARIO Y SUS CONSTRIBUCIONES PARA EL MEXICO ACTUAL Proceso de reconstrucción nacional y conformación del régimen posrevolucionario La educación y cultura BLOQUE PROCESO DE CONSOLIDACION DEL ESTADO MEXICANO CONTEPORANEO, INCORPORANDO ACONTECIMIENTOS DE ACTUALIDAD Proceso de consolidación del México contemporáneo Ciencia, educación y cultura BLOQUE CRISIS DEL ESTADO MEXICANO Y SU PROCESO DE TRANSICION DEMOCRATICA, 2 INCORPORANDO SUCESOS NACIONALES E INTERNACIONALES Características de la crisis política del Estado mexicano ( ) Proceso de transición democrática ( ) BLOQUE 1 PROCESO DE CREACION Y CONFORMACION DE MEXICO COMO NACION UNIDAD DE COMPETENCIA IDENTIFICAR LOS PRINCIPALES PROCESOS QUE INFLUYERON EN LA CREACION Y CONFORMACION DE MEXICO COMO PAIS INDEPENDIENTE Y CONTRASTAR LOS PROYECTOS DE NACION DE ESE PERIODO CON LOS QUE EXISTEN LA ACTUALIDAD. 1.1 Contexto histórico en el que surge México como país independiente en los aspectos político, económico y social. Con la firma de los Tratados de Córdoba, el 24 de agosto de 1821, se reconocía por medio de Juan O 'Donojú liberal español nombrado capitán general y jefe superior político de la Nueva España la independencia del territorio que supuestamente había llegado a regir, toda vez que se percató de lo insostenible del gobierno virreinal ante la alianza de Agustín de Iturbide con Vicente Guerrero. La llegada del último representante del monarca de España sucedía después de la firma del Plan de Iguala, en febrero de 1821, y la aceptación de los independentistas de tres compromisos básicos: 1. Establecer la Independencia de México de parte de España. 2. Establecer la religión católica como única forma de práctica religiosa. 3. Establecer la unión de todos los grupos sociales. Estos acuerdos habían permitido la aparición de un solo ejército que defendería a la nueva nación con base en tres preceptos: independencia, religión y unión las garantías necesarias y comunes para todos los independentistas ; de allí el nombre de Trigarante para ese ejército (así como la confección de su bandera con los colores blanco, verde y rojo con una estrella dorada sobre cada uno de ellos). Tanto Agustín de Iturbide, militar criollo que había combatido a los insurgentes, como Vicente Guerrero, mulato nacido en la entonces provincia de Puebla y responsable de mantener la lucha contra los españoles, pactaron esa unión con el mutuo convencimiento de la conveniencia de constituir un nuevo país bajo condiciones que beneficiaran a ambos grupos. Así, se comprometieron a ser gobernados bajo la forma de una monarquía moderada ofreciéndole el cargo al Rey de España, Fernando VII, representante de la dinastía de los Borbón, o a algún príncipe europeo que aceptara el cargo. Estas condiciones primordialmente eran impuestas por los criollos anhelantes de ser independientes, pero con la pretensión de gobernarse como una provincia autónoma del imperio español para no perder sus cargos, prestigio, recursos y mantener 4 relaciones con los otros integrantes del reino. Por su parte los insurgentes, que aglutinaban a distintos grupos indígenas, mestizos, mulatos, castas, criollos pobres y más, se veían beneficiados con el reconocimiento de ser ciudadanos libres e iguales ante la ley. Para poder concretar tales aspiraciones, y mientras no llegara algún noble europeo, se crearía una «Junta Gubernativa» para dar paso a una Regencia que haría las funciones de gobierno pero, además, convocaría a la integración de Cortes similar a la figura de un Congreso para elaborar la nueva Constitución del Imperio Mexicano. Esas eran las condiciones político-militares al arribo de O 'Donojú. Una vez reunidos los representantes del imperio español y de los independentistas en la intendencia de Veracruz, el Plan de Iguala sirvió de base para el reconocimiento de la independencia de México y se plasmó en los «Tratados de Córdoba» para establecer, como elemento central, la independencia del Imperio Mexicano, pero reafirmaban la obligatoriedad de ser gobernado como monarquía constitucional moderada y que su emperador fuera Fernando VII o algún miembro de la dinastía reinante española. La modificación sustancial, respecto al anterior pacto entre Iturbide y Guerrero, era establecer que si ningún príncipe europeo aceptaba el cargo, las Cortes del imperio mexicano nombrarían al gobernante. En cuanto a las formas de cómo se gobernaría también se convino en la creación de una Junta Provisional Gubernativa compuesta por Juan O Donojú y ciertos hombres «notables» del imperio que elegiría al presidente y otros integrantes de la Regencia (compuesta de tres personas), quienes serían las depositarias del Poder Ejecutivo y las Cortes desempeñarían el Poder Legislativo. Como lo estipulaban los Tratados, la Junta Provisional Gubernativa nombró a los integrantes de la Regencia y ésta se conformó con Agustín de Iturbide, como presidente, y Juan O' Donojú, Manuel de la Bárcena, Isidro Yáñez y Manuel Vázquez de León como los otros miembros. Una de sus primeras deliberaciones llevó a la siguiente disposición: La Junta consideró que no era incompatible el empleo de primer regente con el de jefe del Ejército, y en esa virtud nombró generalísimo de mar y tierra a Iturbide, asignándole 120 mil pesos anuales de sueldo, un capital personal de 1 millón de pesos impuesto sobre los bienes de la extinguida Inquisición_, un terreno de 20 leguas en cuadro en la provincia de Texas y el título de Alteza Serenísima. Ninguno de los antiguos insurgentes fue incluido a la Regencia, mas en el orden político y militar sí aparecieron Anastasio Bustamante y Vicente Guerrero de los jefes insurgentes más reconocidos al frente de dos de las cinco capitanías generales, lo que les permitió mantener su posición de fuerza. Una vez establecida la Regencia se hizo evidente que algunos de sus integrantes eran representantes de las pudientes instituciones virreinales (como el alto clero, los hacendados y los burócratas, así como de sus intereses políticos y económicos) y que lucharían en este nuevo ámbito de gobierno para protegerlos e impulsarlos oponiéndose a cualquier medida que significara una disminución a sus propiedades y cotos de poder. En una postura distinta se ubicaban algunos criollos antimonarquistas, también ciertos representantes del bajo clero más cercano a la población empobrecida y diversos abogados que consideraban, llegado el momento, de hacerse de un espacio para ascender a 5 puestos de administración pública dentro de las instituciones que, incuestionablemente, precisaría el nuevo gobierno tanto en el ámbito nacional como en el regional. El 24 de febrero de 1822 se instauró el Congreso Constituyente con la encomienda de redactar la Constitución para establecer la normatividad que regiría al imperio mexicano y, en su seno, se hicieron visibles por lo menos tres corrientes de opinión que a su vez expresaban sus intenciones políticas: una de ellas con tendencia monárquica, la de los borbonistas, quienes anhelaban a un representante de España para que gobernara; una segunda, defensora de un imperio mexicano, constituida de fieles seguidores o benefactores de Agustín de Iturbide, sabedores de las prerrogativas que les acarrearía el que éste llegara a ser nombrado emperador, y una tercera, en el otro extremo político, en el que se ubicaban los republicanos, quienes pugnaban por el establecimiento de un gobierno sustentado en la división de poderes. El Congreso estaba dividido y constituía una especie de contrapeso para que el «futuro» emperador de México no gobernara de manera absoluta. 1.2 Características de los proyectos de Nación Proyecto monárquico Los borbonistas Muy complejo se volvió el escenario para organizar la nueva vida política en un emergente país que heredaba profundas desigualdades económicas, sociales, políticas y culturales arraigadas durante tres siglos de dominación española. Las diferencias aparecieron a través de los grupos interesados en gobernar de acuerdo con las ideas que para ello tenían, ya fuera desde la Regencia o desde el Congreso, pero sin dejar de contemplar la fuerza que los grupos más empobrecidos eran capaces de mostrar al construir más del 80% de la población. Difícil también fue la situación que debieron enfrentar los españoles que habían sido los beneficiarios de la vida virreinal, pues se vieron obligados a renegociar sus antiguos privilegios con otros actores dispuestos a ocupar los cargos gubernamentales que anteriormente les habían negado. Es innegable que la independencia se logro por medio de la alianza entre criollos americanos, los liberales españoles y los insurgentes mexicanos, y que cada uno de los firmantes necesitaba recibir beneficios. Así, para fines de 1821, ciertos españoles respaldados de algunos criollos americanos aspiraban a que el Imperio Mexicano tal como lo establecían los Tratados de Córdoba fuera gobernado por un integrante de la casa de los Borbón (la dinastía reinante en España desde inicios del siglo XVIII) para continuar la política de Fernando VII en un territorio independiente. Tal postura era defendida por comerciantes enriquecidos, burócratas menores y mayores, militares y dueños de vastísimas extensiones de tierra que no estaban dispuestos a perder sus logros y que ya tenían hijos nacidos en América o que se habían casado con mujeres mexicanas; también algunas autoridades de la Iglesia católica se encontraban al interior de tal propuesta pues habían acumulado riqueza y bienes inmuebles. Su excelente posición económica y política les posibilitaba ser considerados como personas importantes para mantener la estabilidad comercial y financiera del nuevo imperio, así como los contactos con otros países de los que se necesitaba reconocimiento para poder sobrevivir 6 pues, realmente, ellos eran los poseedores de los recursos para lograrlo. Esas eran razones muy poderosas para poder negociar su inserción en el nuevo gobierno; si bien numéricamente eran pocos, concentraban cantidades considerables de riqueza, conocimiento y poder. Proyecto imperial Agustín de Iturbide Otro grupo era el encabezado por Agustín de Iturbide apoyado por los criollos deseosos de hacerse de poder político y, al igual que los borbonistas, contemplaba establecer una forma de gobierno que no afectara significativamente la estructura económica y social vivida en el virreinato para poner fin a los diversos problemas que se presentaban, como el económico, pues se había trastocado fuertemente con tantos años de guerra y con la ruptura del orden establecido por la Corona Española, por lo cual, aunado y concomitante a ello, la mayoría de la población padecía hambre, desnutrición, analfabetismo, alta mortalidad infantil y otros fenómenos sociales relacionados con la pobreza. Sin embargo, los seguidores de Iturbide no estaban interesados en solucionar tal situación sino que se esforzaban en evidenciar su ascenso político; también otra parte de la alta jerarquía de la Iglesia católica apoyaba al grupo al haberse asegurado la primacía de tal religión con Iturbide. Las intenciones de los iturbidistas eran claras pues se obstinaban en señalar que si no hubiera un integrante de la casa real de los Borbón dispuesto a gobernar el Imperio Mexicano, don Agustín de Iturbide podría hacerlo. Ambas perspectivas, de los borbonistas y los iturbidistas, eran semejantes al tratar de mantener las antiguas formas de relación entre los gobernantes y los gobernados pues la figura principal sería la del monarca aunque, supuestamente, reconocían a «todos los americanos» la posibilidad de ciudadanía y manifestar sus intereses a través de sus diputados en el espacio propio para ello, el Congreso, al cual, en realidad, no cualquiera podía incorporarse. Por ello, desde algunas regiones principalmente donde se había escenificado la lucha independentista había cierto convencimiento entre los habitantes de que el costo no obligaba a reconocer derechos y garantías que el régimen español difícilmente hubiera aceptado, pero que el nuevo gobierno independiente sí tenía que considerar. Ese el sustrato que los antiguos insurgentes no dejaron de trabajar junto con elementos del bajo clero que tan activa participación tuvo en la guerra de independencia- y con integrantes de los varios ejércitos regionales deseosos de desplazar a la antigua jerarquía hispana que se resistía al cambio. Esas realidades se manifestaban al interior del Congreso Constituyente e Iturbide y sus seguidores calcularon la acción que debían realizar. Así, se aliaron con los grupos del Ejército que eran simpatizantes de la monarquía y sabiendo la trascendencia de los grupos armados prepararon un golpe de Estado. La idea de esperar a que un noble español viniera a gobernar el nuevo Imperio Mexicano no tenía posibilidades de concretarse ante la renuencia de las Cortes españolas a reconocer la independencia de su antigua colonia, ofrecimiento que, establecido en los Tratados de Córdoba, se había frustrado definitivamente. 7 Al considerar esas circunstancias, tanto internas como externas, el 18 de mayo de 1822 se generó un movimiento perfectamente coordinado por la alta oficialidad militar, de acuerdo con Iturbide, para que algunas personas se pronunciaran violenta y públicamente exigiendo que Agustín de Iturbide fuera el emperador de México. El Congreso, con muchos diputados ausentes y otros bajo fuerte presión, se vio obligado a confirmar la designación de Iturbide como emperador «ante el gran apoyo que el pueblo le otorgaba». El 21 de julio Agustín de Iturbide fue coronado mediante una impresionante fiesta y la bendición de la Iglesia católica. No obstante, las contradicciones más profundas se mantenían vigentes y el simple arribo del emperador no era suficiente para efectuar las trasformaciones que se requerían porque, además, no estaba dispuesto a realizarlas. Aun con estas particularidades las provincias de Belice, Guatemala, Honduras, El Salvador, Nicaragua, Chiapas y Costa Rica aceptaron la invitación de Iturbide y se adhirieron al Imperio Mas la realidad no podía controlarse con adiciones y fiestas. En el Congreso surgieron personajes que criticaban abiertamente al emperador. Anastasio Bustamante y Fray Servando Teresa de Mier, teólogo dominico de mentalidad liberal, que había estado en Inglaterra y en Estados Unidos de América, y había sido simpatizante de la causa insurgente evidenciaron su preocupación ante la posibilidad del surgimiento de un gobierno absolutista como el que se había derrotado. Tales rasgos liberales no estaban acordes con las ideas imperiales de Iturbide por lo que decidió disolver al Congreso y sustituirlo mediante una Junta de Notables. Tal acción le atrajo la abierta hostilidad de los antiguos insurgentes y de la gente que rechazaba la posibilidad de volver a ser gobernada por un emperador, aunque éste fuera americano. En Veracruz, el l de enero de 1823, Antonio López de Santa Anna se rebeló con el Plan de Casa Mata contra Iturbide bajo el argumento de impulsar un proyecto republicano. Pronto se sumaron al movimiento antiguos insurgentes como Guadalupe Victoria, Vicente Guerrero y Nicolás Bravo. Después, los borbonistas hicieron lo propio. El general Echavarría, enviado para combatir a los rebeldes, efectuó lo contrario. Poco a poco los militares y representantes de más ciudades desconocieron a Iturbide, entre otras razones porque la recuperación económica tan necesaria y exigida no se presentaba. El 19 de marzo de 1823 la situación del Imperio era insostenible e Iturbide, mediante un documento escrito, «decidió» abdicar a la Corona y partir poco después al exilio. La derrota de los iturbidistas abrió las posibilidades de los grupos liberales. El Congreso, restablecido, proclamó el derecho de construir la Nación en la forma que más le conviniera: se anunciaba la República. Proyecto republicano ( ) La Constitución de 1824, tendencias políticas centralistas y federalistas y gobierno de Guadalupe Victoria Una vez que se había obligado a Iturbide a abandonar el país, y mientras se establecía la 8 Constitución adecuada, el gobierno quedó confiado a un Supremo Poder Ejecutivo constituido por un triunvirato personificado por Guadalupe Victoria, Nicolás Bravo antiguos insurgentes y un iturbidista, el general Pedro Celestino Negrete, pues si bien el emperador había sido destronado sus seguidores seguían detentando influencia política y económica, en especial la Iglesia católica y la jerarquía militar. El triunvirato convocó un nuevo Congreso Constituyente que se instaló el 7 de noviembre de 1823, y desde ambos espacios intentaban impulsar un gobierno republicano en pos de modificar el orden monárquico. La transformación más importante residía en cambiar la relación entre gobernantes y gobernados mediante la eliminación de la cultura de súbditos para intentar formar ciudadanos. La nueva República Mexicana surgía como un ideal en las manos de los liberales, pero existía una realidad que había que trastocar y la forma de realizar esa innovación era la preocupación más importante del grupo en el poder; ante tal expectativa se llegó al convencimiento de que la respuesta se desprendería de la forma que la República adoptara: central o federal. Desde el momento mismo de la declaración de independencia el país se debatía entre dos órdenes: el colonial, que no moría, y el liberal, que no nacía; para 1824 esas tendencias se agrupaban bajo los términos de centralismo o federalismo, elementos emblemáticos de la gran controversia que giraba en torno de los intereses que cada grupo presentaba. El centralismo pugnó por la persistencia del orden colonial con una fuerte influencia de los militares, comerciantes y alta jerarquía católica de donde se les comenzó a denominar «conservadores , pero también incluía a antiguos insurgentes (como Fray Servando Teresa de Mier), conscientes de la necesidad de proteger todo el territorio heredado del Primer Imperio; por otra parte, el federalismo apelaba a abrir una vía para el triunfo liberal, consistente en el impulso a transformaciones que afectarían a antiguos y actuantes grupos económicos enclavados en la capital del país (sobre todo los «privilegios económicos de la Iglesia católica» y la búsqueda de mayor peso político de los poderes regionales al tener como referente a los Estados Unidos de América). Ante las posturas políticas de conservadores y liberales se consideró definitorio que la república se definiera como centralista o se impusiera el federalismo. Por ello, Jesús Reyes Heroles, importante político y analista mexicano del siglo XX, consideró que el federalismo fue el medio para adquirir poder, el instrumento para conservarlo y el vehículo para impulsar al grupo liberal e insertarlo en el naciente Estado Mexicano. En este ambiente de inestabilidad política, económica y social surge la primera Constitución Mexicana en En esta, como en todas las constituciones a partir de ella, se incorporaron preceptos dotados de ciertos valores esenciales del liberalismo mexicano y sobre todo del federalismo. El
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