DESVELOS FEMENINOS

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  Tema para la mujer uruguaya
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  DESVELOS FEMENINOS Dónde están los Hombres Cada fin de semana, armadas con delineador, rouge y tapaojeras, miles de mujeres solas salen a la caza y a la pesca de varones disponibles. ¿Con qué se encuentran? Con otro batallón de mujeres que está en la misma que ellas. El tema, además de monopolizar las conversaciones femeninas, motiva el estudio de  prestigiosos académicos e inspira el trabajo de exitosos relacionistas pÚblicos. ¿Quién tiene la respuesta? Por Silvana Silveira | Fotografía: Latinstock A fuerza de repetirlo tantas veces, ya parece un mantra: “no hay hombres”, insisten las mujeres uruguayas. El grito de protesta se escucha cada vez más a menudo. Y entre féminas de edades cada vez más tiernas. Si hace algunos años era el latiguillo de las que ya transitaban la segunda mitad del camino de la vida, ahora es común escucharlo entre treintañeras. ¿Hay huelga de príncipes o estarán exagerando? “¿Dónde están los hombres? Es lo que me pregunto hace exactamente dos años. O son casados, o son gays, o recién se divorciaron y precisan cuatro años de libertinaje. Recién después, y tal vez, piensen en formar una nueva pareja. En la noche lo que abunda son casados, mujeriegos y muchos salames. Además, pensá cuántos se fueron con la crisis de 2002. De mi generación no quedó nadie. Yo diría que los hombres de mi edad están sirviendo mesas en Europa”, se queja María Noel, una morocha de 30 años que frecuenta los pubs de la Ciudad Vieja. “Los hombres se asustan. Se encuentran con mujeres independientes, libres, con una vida resuelta y que, a veces, hicieron muchas más cosas que ellos”, agrega Raquel, una empresaria de 36 años, separada y con dos hijos. “A cierta edad te ponés más exigente. En verdad, creo que hay cierta paranoia  femenina. Para mí es mentira que no hay hombres. Está difícil, pero no hay que exagerar”, tercia Johana, de 34 primaveras en su haber. ¿Qué hay de cierto en el desolador diagnóstico? Si se toman en cuenta ciertos datos estadísticos, el pesimismo femenino no es pura ilusión óptica. Según la base de datos de Nelly Niedworok, demógrafa del Instituto Nacional de Estadística (INE), el 62 por ciento de los hogares montevideanos unipersonales son habitados  por mujeres. En la capital, los hombres que viven solos suman casi 40 mil, mientras que la cifra de mujeres en igual situación trepa a 63 mil. En el interior del país, la cantidad de personas que vive con un solo juego de llaves es más pareja, aunque predominan levemente los hombres solos. Sin embargo, la balanza comienza a ponerse fea para las mujeres a medida que aumenta la edad. En Montevideo, existen unos 13 mil hombres mayores de 60 que viven solos, contra más de 40 mil mujeres de la misma franja etaria. Después de los 40  –  e incluso antes  –   un alto porcentaje de Evas y Adanes uruguayos ya han visto naufragar una relación amorosa. Ya saben lo que es armar la valija y marcharse con el corazón roto, bancarse el síndrome de abstinencia que  produce la lejanía del ser amado, sobreponerse a la depresión que implica toda  pérdida y al golpe a la autoestima que supone un fracaso amoroso. Eso deja un sedimento de cansancio, cinismo y desencanto del que cuesta recomponerse. Lo que sucede con estos hombres y mujeres que se separaron, se divorciaron o enviudaron, es algo que ha estudiado la demógrafa Wanda Cabella, investigadora del Programa de Población de la facultad de Ciencias Sociales. Concretamente, Cabella se propuso analizar las trayectorias posruptura femeninas y masculinas, y qué probabilidad tienen de recomponer la vida conyugal. Un terreno completamente inexplorado en el país hasta el momento. ¿Con qué frecuencia y después de cuánto tiempo las mujeres y los varones vuelven a formar una unión luego de la ruptura? ¿El género es un factor clave  para determinar la posibilidad de recomposición? La experta universitaria encontró que, en la medida que las rupturas ocurren a edades cada vez más tempranas, es cada vez más corriente que las trayectorias conyugales incluyan más de una unión, lo que ha dado lugar al nuevo concepto de “monogamia en serie”. También encontró que, históricamente, era la muerte del cónyuge la que inducía a buscar una nueva pareja. “En c ambio, como apunta el historiador de la familia André Burguiére, la inestabilidad demográfica de ayer fabricaba tantas familias recompuestas como la inestabilidad sentimental de hoy”, resume Cabella. De todos modos, más de la mitad de la gente que queda sola en Uruguay vuelve a conformar una unión. Para ser exactos, el 64 por ciento de los varones y el 56 por ciento de las mujeres. ¿Y el resto? La Ruta del Amor ¿Adónde van las solteras, separadas, divorciadas o viudas cuando quieren armar nueva parejita o al menos tentar la posibilidad de un “levante”? Entre las más óvenes, boliches montevideanos como La Commedia, El Pony Pisador, Almodobar, Café Bolero y Love parecen estar en la ruta obligada. En La Commedia, por ejemplo, la fauna va cambiando a medida que pasan las horas. Si antes de medianoche predominan las parejas o las mesas de amigos que van a cenar, entrada la madrugada la larga barra se transforma en territorio casi exclusivamente masculino. Algunas mujeres se sienten intimidadas ante la lluvia de miradas escrutadoras, pero otras aprovechan la improvisada pasarela para   pavonearse. “El pasaje hasta el baño es de lo más incómodo”, argumenta Raquel. El abordaje es más sencillo en la zona que denominan “el infierno”, donde todos se entregan al baile hasta que amanece. Allí, cuentan algunas habitués, lo que hacen los caballeros es acercarse e invitar con un vaso de cerveza. Las que ya cantaron 40 hace rato, frecuentan otros sitios. Lugares como Clyde’s, Azabache, o las célebres Noches de solos y solas de Makao (que ya no se celebran con ese nombre socialmente incorrecto), son bien conocidos por veteranos de ambos sexos que salen en busca de diversión pero no quieren que al lado les baile hip-hop un niño de 20 añitos. La barra de Roldós, en el Mercado del Puerto, y El Expreso de Pocitos son otros campos de batalla al parecer muy animados. Valeria, 55 años, es divorciada. Tiene un bronceado caribeño, el pelo muy cuidado y lleva un vestido de lino color habano con bordados. Y grandes accesorios. Es la viva imagen del dilema de las mujeres que están en esta situación. Cuenta el modus operandi: “todo el mundo sabe que hay barras a las que van los hombres solos y las mujeres solas. Te quedas sentada y ellos se quedan sentados. Entonces permaneces ahí, como colgada del gancho, tipo carne de exhibición. Ellos se dan el lujo de mirar y elegir la mejor carne”. Las mujeres de su edad no la tienen fácil desde ningún punto de vista. Sobre las “noches de solos y solas”, así como sobre ciertos lugares que cultivan ese t arget de público como nicho de mercado, pesa el estigma social de ser semillero de “mujeres fáciles” y “hombres de trampa”. Según María, una divorciada de 60, “en ciertos lugares el ambiente muchas veces se pone denso. Las mujeres van vestidas para el aullido, híper erotizadas, y se mueven al ritmo de la música procurando captar la mirada de los varones, mientras ellos se dan el gusto de observar. “En ciertos lugares el ambiente se pone denso. Las mujeres van híper erotizadas y se mueven al ritmo de la m úsica procurando captar la mirada de los varones”, dice María. La mujer es más exhibicionista, el hombre mira de lejos. El esfuerzo que hace la mujer para atraer la atención del sexo opuesto es mucho mayor. Se viste, se  produce, baila de manera llamativa. Yo me siento deplorable, entonces dejo de ir a esos lugares”.  Por lo que cuentan estas mujeres, son tiempos difíciles para quienes fantasean con abrazar algo más que la almohada por las noches. Todas coinciden en que los hombres interesados en asumir responsabilidades y contraer compromisos son tan raros como los camellos albinos. En cambio, la especie que prolifera es la de divorciados y separados con miedo de reincidir. La de solterones empedernidos con mamitis aguda. Los eternos artistas del cortejo que no quieren cambiar de estado civil. Y también, dicen ellas, muchos homosexuales y bisexuales en la vuelta. “Todo bien. Para ellos es una fiesta, pero para nosotras es una macana”, dice Leticia, soltera de 42 años. “Lo que abunda son hombres que quieren en cuentros sin compromisos, relaciones más que pasajeras, del momento. Hombres que fichan una para la mañana, una  para la tarde y otra para la noche”, protesta Valeria. A ella le sorprende la incapacidad de algunos especímenes masculinos para compartir algo más que una copa. “Todo es touch and go. Toco y me voy. Uso y tiro”, se queja.  Con mirada académica, Teresa Porzecanski suma otras pistas para desentrañar  este complicado mapa sentimental. “Varios pensadores sostienen que se trata de una época de emparejamientos laxos, transitorios, en oposición a aquellos compromisos que se realizaban para toda la vida o hasta que la muerte nos separe. Giddens habla de una sexualidad plástica, librada sólo a sí misma, separada de la responsabilidad conyugal. Bauman habla de un tipo de amor fluido, y hace una crítica a la liviandad con que, en general, no sólo en el amor, son concebidos los lazos interpersonales en las sociedades modernas occidentales contemporáneas. Otros pensadores cuestionan la ética de estos nuevos modos de relacionamiento,  por el deshacerse de las obligaciones implícitas en los sistemas de parentesco, y acceder a lo que Ulrich Beck denomina la libertad de la propia biografía. Es decir, la emergencia de un tipo de sujeto cada vez más capaz de modelar su propia vida sin ataduras institucionales, tradicionales o familiares”, resume la antropóloga uruguaya. Soledades Disfrazadas Existen otros derroteros en la noche montevideana. Muchos acuden a fiestas en las que una relacionista pública se encarga de invitar especialmente a solteros, separados, divorciados y otros corazones solitarios. Cada quince días, Dolores Ballester Molina organiza una fiesta en Salón Makao. Rubia, de pelo largo hasta la cintura y enfundada en jeans, Ballester Molina cuenta que quiere inaugurar un lugar donde las mujeres se sientan cómodas y puedan acudir más livianas de  prejuicios. Un sitio donde no se sientan llevando un cartel que dice: “estoy de levante”.   “las mujeres quieren un príncipe  azul, un hombre que no existe, están locas” , dice José Luis. Paula estuvo en una de sus fiestas. Nadie llega antes de las diez y media de la noche. A eso de las doce, ya hay algo más de 30 personas. Tres mujeres se lanzan a la pista de baile, coronada por una gran bola de espejos que irradia reflejos azules. Suenan hits de los ’70, los ’80 y los ’90. Las mujeres que no bailan se acomodan en las mesitas. Los hombres se instalan en la barra, o en el espacio abierto donde está permitido fumar. Florencia, de 42 años, divorciada, docente y estudiante de sicología, reconoce que es muy difícil conocer gente. Jura que no ha venido en busca de hombres. “Eso es algo que prefiero hacer de día”, dice a las risas. “Vine con cuatro amigas. Nos comimos una fondue y dejamos a los niños en casa. Yo no siento que me exponga. Creo que la idea es pasar un buen rato, no siempre de mujeres solas y hombres solos. Es bueno que haya un poco de energía de los dos sexos, que es tan linda, ¿no?”. Dominique, que canta la misma edad, es traductora pública y cocinera. “Hay  pocos lugares para bailar cuando ya no sos una adolescente. A mí me gusta salir temprano, no a las dos de la mañana. Es más fácil conocer un hombre cuando sos oven. A mi edad, sos más exigente. Te gusta estar con gente que comparta algo contigo. Pero siempre se encuentra algún hombre. La cosa es mantener el espíritu, la alegría, ser una persona con energía, con actividades”. ¿Y qué piensan ellos? En la barra está José Luis (53), alias el gallego. Para él, siempre es fácil conocer a alguien. “Lo que pasa es que l as mujeres quieren un príncipe azul, un hombre que no existe. Están locas”. En la misma cuerda, la relacionista pública asegura que “hombres sobran, lo que
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