Esparza, Michel - Una Vision Cristiana de La Autoestima

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  UNA VISIÓN CRISTIANA DE LA AUTOESTIMA Michel Esparza (Adaptación informática Drake) ÍNDICE PRIMERA PARTE: LOS PROBLEMAS DEL YO 1) EL SER HUMANO EN BUSCA DE SU DIGNIDAD Origen remoto de la soberbia El orgullo es competitivo y cegador Orgullo incluso en la vida cristiana En la vida de cada uno Tres estadios en la vida 2) PERSONALIDAD Y AFECTIVIDAD: INDEPENDENCIA Y DEPENDENCIA La generosidad de dar y la humildad de recibir Conjugar dependencia e independencia Libertad interior y humildad Afecto y d
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  UNA VISIÓN CRISTIANA DE LA AUTOESTIMA Michel Esparza(Adaptación informática Drake) ÍNDICEPRIMERA PARTE: LOS PROBLEMAS DEL YO1) EL SER HUMANO EN BUSCA DE SU DIGNIDADOrigen remoto de la soberbiaEl orgullo es competitivo y cegadorOrgullo incluso en la vida cristianaEn la vida de cada unoTres estadios en la vida2) PERSONALIDAD Y AFECTIVIDAD: INDEPENDENCIA Y DEPENDENCIALa generosidad de dar y la humildad de recibirConjugar dependencia e independenciaLibertad interior y humildadAfecto y desprendimientoLas energías del corazónSensibles y fuertes3) AUTOESTIMA HUMILDE U ORGULLOSADiversos enfoques de la autoestimaDos posibles actitudes ante uno mismoEl orgullo pone en peligro la salud psíquica4) LA HUMILDAD SE RIGE POR LA VERDADLa humildad evita la arrogancia y el autorrechazoEl olvido de uno mismo y los autoengañosLa verdadera humildad y libertad del cristianoSEGUNDA PARTE: POSIBLE SOLUCIÓN1) QUERER, SABER Y PODERIr al fondo de los problemasUna gracia que dignifica y sanaLos problemas de perseverancia  2) SóLO EL AMOR DE DIOS OFRECE SOLUCIONES ESTABLESToda una vida buscando lo que ya se tiene¡Qué difícil es enfrentarse a la verdad sobre uno mismo!El hijo mayor de la parábola3) DIVERSAS MANIFESTACIONES DEL AMOR DE DIOSFiliación divinaAmistad recíproca con CristoValemos toda la sangre de Cristo4) EL AMOR MISERICORDIOSO¿Qué significa ser misericordioso?Cristo revela la misericordia del Padre¿Se puede estar orgulloso de la propia flaqueza?Dos condiciones: amor recíproco y buena voluntadVida de infancia espiritualEstupendas perspectivas de futuroEPÍLOGO INTRODUCCIÓNLas intuiciones aquí recogidas son ante todo fruto de la experiencia. Estudio y reflexiónfueron posteriores. Esta experiencia es propia y ajena, ya que conversaciones con todo tipo depersonas durante los últimos diez años me han ayudado a matizar las intuiciones srcinales.Este libro se dirige ante todo a cristianos corrientes que, a pesar de sus limitaciones, se afanandía tras día por mejorar la calidad de su amor. También podrían ser útiles para personas menosfamiliarizadas con la vida cristiana. ¿A quién no le interesa conocer algo capaz deproporcionarle una paz interior estable, una autoestima sin engaños y una mejora notable desu capacidad de amar? Mucho más si, viviendo inmerso en un mundo estresante en el quereina el Prozac y otros psicofármacos, se da cuenta de que ya es hora de buscar una soluciónalternativa. Pienso que la mejor publicidad para la vida cristiana consiste en mostrar que escapaz de colmar los anhelos más profundos de todo corazón humano.Al escribir estas líneas pienso de modo especial en personas que se desaniman fácilmentecuando constatan sus fallos, ya sea en su vida cristiana, como en cualquier otro ámbito.Observo que suelen ser personas de buen corazón, con cierta tendencia al perfeccionismo y,por tanto, permanentemente insatisfechas o, al menos, nunca satisfechas del todo. Vivencomo a disgusto consigo mismas porque no saben ser indulgentes con sus errores. Incluso suséxitos no logran compensar la negativa opinión que tienen de sí mismas. Convierten casi todo  lo que hacen en una obligación y dejan poco margen para disfrutar. Saben sufrir pero no sabenser felices con lo que tienen: siempre ponen condiciones de futuro a su felicidad. Quisierahacer ver a esas personas que, en la vida cristiana al menos, sus imperfecciones y fracasos,lejos de ser causa de agobio o de desaliento, podrían convertirse en motivo deagradecimiento. Quisiera que comprendan lo contradictorio que es que uno se sepa realmentehijo de Dios y no viva en paz consigo mismo.A veces, cuando explico a esas personas que la vida cristiana — bien entendida, ya que a vecestienen de ella una imagen algo deformada— puede ayudarles a asumir sus imperfecciones,aportando así una buena solución a sus problemas de inseguridad, me piden que les aconsejealgún libro para profundizar en esas ideas. No sé bien qué aconsejarles, pues los libros queconozco oscilan entre simples manuales de autoayuda y libros más profundos pero en los queesta temática se toca sólo de modo colateral (pienso por ejemplo en la autobiografía de SantaTeresa de Lisieux). Ésa es una de las razones por las que me he decidido a escribir estas líneas.Como ya se indica en el título de este libro —La autoestima del cristiano—, nos manejamosentre dos ámbitos: uno psicológico o antropológico y otro más espiritual. En la primera parte,se abordan principalmente cuestiones de tipo antropológico, como la importancia de cultivaruna actitud positiva hacia uno mismo sin alejarse de la verdad, la afectividad y el desarrollo dela personalidad. El análisis de los problemas derivados del orgullo nos permitirá ilustrar laimportancia que tiene la virtud de la humildad. La segunda parte del libro se centra más en laespiritualidad cristiana como medio de solucionar de modo estable los problemas del yo.Veremos que el Amor que Dios nos ha manifestado en Cristo es una premisa necesaria de caraal desarrollo de una actitud ideal hacia uno mismo.Empleo a propósito el término autoestima porque, hoy por hoy, resulta más comprensiblepara el hombre de la calle. En su lugar, el mundo clásico se refería quizá a algo más profundo,como es la virtud de la magnanimidad. Bajo el nombre de magnánimo, Aristóteles recogió elresultado de la vida virtuosa, esto es, el modo de ser del hombre cabal que logra hacer propiaslas virtudes de la prudencia, la justicia, la fortaleza y la templanza[1]. Mientras el términohumildad hace pensar de modo inmediato en la virtud de no exagerar las propias cualidades,el término autoestima hace resaltar la actitud positiva hacia uno mismo.Al leer estas páginas, algunos se sentirán como retratados y otros pensarán que nada tieneque ver con ellos. Hay en todo ello, sin embargo, un fondo que, en diferente medida, puedeser útil para todos, puesto que nadie está exento de los problemas del yo. «Hay un vicio —escribe Lewis a propósito del orgullo— del que ningún hombre del mundo está libre, que todoslos hombres detestan cuando lo ven en los demás y del que apenas nadie, salvo los cristianos,imagina ser culpable. He oído a muchos admitir que tienen mal carácter, o que no puedenabstenerse de mujeres, o de la bebida, o incluso que son cobardes. No creo haber oído a nadieque no fuera cristiano acusarse de este otro vicio»[2].En mayor o menor grado, todos tenemos que aprender a conciliar nuestra miseria con nuestragrandeza por ser hijos de Dios. Se trata de compaginar dos aspectos: humildad y autoestima.La humildad cristiana, bien entendida, los compagina. La humildad, afirma San JosemaríaEscrivá, «es la virtud que nos ayuda a conocer, simultáneamente, nuestra miseria y nuestragrandeza»[3]. Con eso, todo está ya dicho. Se trata, sin duda, de una valiosa intuición. De  todos modos, es preciso desglosar su significado. Esa afirmación necesita una aclaraciónporque, a primera vista, conciliar miseria y grandeza parece algo contradictorio. Habría queexplicar por qué humildad es dignidad.Espero que estas páginas ayuden al lector a asimilar esa aparente contradicción: a entender ya vivir el gozo de sentirse a la vez miserable pero inmensamente querido por Dios. Pienso que«conocer, simultáneamente, nuestra miseria y nuestra grandeza» es la clave para vivir lahumildad cristiana, una de las virtudes más difíciles e importantes. Desarrollar y consolidar unabuena relación con uno mismo no es tarea fácil. Pero vale la pena intentarlo porque suimportancia es decisiva de cara a la felicidad que puede procurar el amor. En efecto, laexperiencia muestra que de esa sana autoestima depende nuestra paz interior y la calidad denuestras relaciones con los demás. Ya el viejo Aristóteles decía que para ser buen amigo de losdemás, es preciso ser primero buen amigo de uno mismo.Hay personas a quienes les puede resultar extraño que se hable de la importancia de que nosamemos a nosotros mismos, como si de algún tipo de egoísmo se tratase, algo en todo casoincompatible con la idea que tienen de la virtud de la humildad. Sin embargo, la experienciamuestra que este recto amor a uno mismo y el amor propio egoísta son inversamenteproporcionales. Como veremos, el individuo egoísta, en el fondo, más que amarse demasiadoa sí mismo, se ama poco o se ama mal. El individuo humilde, en cambio, tiene paciencia ycomprensión con sus propias limitaciones, lo cual le lleva a tener la misma actitud comprensivahacia las limitaciones ajenas. La relación equilibrada que mantiene el magnánimo consigomismo le confiere cierto señorío sobre las metas que acomete. No necesita lograr el éxito acualquier precio, pero mantiene siempre despierta la disposición a seguir mejorando.Existe una estrecha relación entre ser amado, amarse a sí mismo y amar a los demás. Por unaparte, necesitamos ser amados para poder amarnos a nosotros mismos. Ver que alguien nosama, favorece nuestra autoestima. Por otra parte, existe una relación entre la actitud hacianosotros mismos y la calidad de nuestro amor a los demás. Para vivir en paz con los demás, espreciso que vivamos primero en paz con nosotros mismos. Nada nos separa tanto de losdemás como nuestra propia insatisfacción. Es lógico que una actitud conflictiva hacia unomismo dificulte el buen entendimiento con los demás. En primer lugar, porque es difícil quequien esté absorbido por sus propias preocupaciones preste atención a las preocupacionesajenas. En segundo lugar, porque quien está a disgusto consigo mismo se suele volversusceptible con los demás. No es fácil soportar a los demás en momentos en los que uno nisiquiera se soporta a sí mismo. La experiencia muestra que con frecuencia los mayorescriticones son aquellos que han desarrollado una actitud hostil hacia sí mismos.Nada me ayuda tanto a valorarme como experimentar un amor incondicional. Si no, ¿cómopodría yo amarme a mí mismo sabiendo que tengo tantos defectos? Quizá por eso anhelo seramado de modo incondicional. Y es que los complejos, tanto de inferioridad como desuperioridad, deterioran mi paz interior y mis relaciones con los demás, y sólo desaparecen enla medida en que amo a alguien que me ama tal como soy. Pero ¿podría yo recibir de unacriatura un amor estable e incondicional? ¿No es acaso Dios el único capaz de amarme de esemodo? Sin duda, el amor humano es más tangible, pero de una calidad muy inferior a la delamor divino. En el amor de una buena madre, por ejemplo, encuentro destellos de ese amor
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