10-09-11 Dos 9-11

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  ...el verano neoyorquino e invierno chileno de 1973, había ido a Chile a visitar a la familia y a su hijo de seis años, Pablo. Como le ofrecieron un puesto cultural en la ciudad de Lota, había decidido volver a Nueva York a presentar su renuncia en Stony Brook y embarcar la mudanza. Decidió aprovechar la ocasión para visitar el norte de Chile, saludar a su amigo y poeta Oscar Hahn, y conocer Lima. El 11 de septiembre de 1973 lo halló en el Perú, con Pablo en Santiago, y con la noticia de que el amigo y alcalde de Lota que lo había contratado había sido de los primeros asesinados y de los pocos que Pinochet había fusilado públicamente bajo un juicio militar improvisado que lo acusaba de haber sido partícipe de un supuesto Plan Z en el cual la izquierda habría liderado un golpe en el cual matarían a los no simpatizantes de las ideas comunistas.
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  Dos 9/11 PORCARMEN RABELL| 10 DE SEPTIEMBRE DE 2011 | 10:30 PM –12 COMMENTS El 9/11 es para nosotros una fecha de densa significación. Mi esposo Jaime es chileno, nosconocimos en Manhattan, nos casamos en el City Hall. Nuestros hijos son de esos sujetos deidentidades múltiples, globalizadas, con un montón de comillas, guiones y hasta asteriscosque cruzan Puerto Rico, Chile, Nueva York, Ohio, Pittsburgh, Texas, Palestina y Vietnam. Elexilio político ha desperdigado parte de la familia chilena en Australia, Francia e Italia y ladiáspora boricua ha irradiado desde Nueva York y Philadelphia, hasta California, Chicago yFlorida.Para mí, un 11 no son dos torres gemelas, sino dos lugares distintos que forjaron miimaginación: Chile y Nueva York. Mi recuerdo más remoto, aquel que se grabó para siempreen mi memoria a la edad de dos años, es un fuego en un edificio de Manhattan. Bomberosque suben escaleras, humo negro, ardor en los ojos y el ruido estrepitoso de ambulancias.Mi hermano mayor de cinco años agarrado del brazo izquierdo de mi madre, mi hermano detres meses cubierto por una frisa de bebé sobre su hombro derecho y yo sentada en uncochecito mirando de lejos el edificio en llamas. Estábamos a salvo. Por mucho tiempopensé que era una pesadilla, hasta que se lo conté a mi madre y supe que había pasadorealmente. Mis padres se conocieron en Nueva York, nosotros vivimos por un tiemposaltando el charco a cada rato, la Guagua aérea y el vuelo de los tomateros no eran paranosotros inventos de Luis Rafael Sánchez, sino estampas cotidianas que si no lasrecordábamos, nos las repetían nuestros padres y tíos a ambos lados del mar. Nueva Yorkera para nosotros el paraíso y también el infierno, ese lugar de las oportunidadesparadisíacas con realidades penosas donde un edificio podía arder en llamas porque alguienhabía dejado la estufa prendida para proveer la calefacción que el “landlord” no habíareparado o porque a un suertudo con trabajo y cierto dinerito extra, se le ocurría tirar alincinerador los restos de un recién comprado linóleon como si estuviera en Puerto Rico  celebrando el día de las Candelarias. Para los cruzadores de charcos las escenas deedificios en llamas no ocurrían en Wall Street.En los 70 nos habíamos afincado en Puerto Rico y aunque Nueva York seguía apareciendoen los ojos maravillados de aquel librito escolar amarillo de segundo grado donde Pepín yRosa escuchaban a Dan mostrarle la maravilla de los rascacielos neuyorquinos, fueronsurgiendo otros espacios de ilusión imaginarios. En 1973 tenía sólo 12 años. Tengo un leverecuerdo de escuchar a mi padre lamentar la muerte de Salvador Allende, despotricar contrala CIA, Nixon, Kissinger, la falta de respeto de la elección democrática de los chilenos y lagritería de todo el mundo hablando a la vez porque para un lado de la familia todo erabueno if “it’s made in USA” y de inmediato aparecían los insultos de cada lado: macartista,albizuista, muñocista reventáo, independentista de clavo pasáo, Reyes Castro enñangotáos,Rabelles que hasta Castro los bota de Cuba. Todo terminaba en el rosario de la aurora sinmayores consecuencias, porque los congregaría un buen plato de arroz con habichuelas, uncanto de lechón y barriguita llena, corazón contento. Hasta la muerte de Pablo Neruda fuellevada al mismo insano muro de las lamentaciones. Yo no tenía ni la menor idea, de qué iba todo esto. Al año siguiente leería en mi clase deespañol aquella novelita de portada gris que nos asignaban a casi todos los puertorriqueñosen el séptimo grado: Lautaro, joven libertador del Arauco , de Fernando Alegría. Ademásleíamos Isla Cerrera , de Méndez Ballester, pero esa no me había interesado demasiadoporque no me parecía tan glorioso narrar una historia donde el héroe fuera un conquistadorpor más converso y puertorriqueñizado que fuera. Los niños crean héroes y antihéroes,espacios de ilusión imaginarios y lugares de los cuales hay que escapar aunque sea con elvuelo de la fantasía. Fernando Alegría, sin saberlo, había sellado en mi imaginación de niñaun pueblo aguerrido que había librado una épica contra el imperio español y que no sedoblegaba nunca. Lautaro era mi héroe y Chile mi espacio imaginario de ilusión. Un héroe yun espacio imaginario que me ayudaban a escapar de la realidad nada épica ni gloriosa delPuerto Rico en que yo habitaba en los años 70.Más tarde escucharía la invitación de Neruda, “a nacer conmigo hermano”, Gabriela medejaría bien claro que algo habría que hacer porque “todas íbamos a ser reinas”, NicanorParra me enseñó a reírme de todo, desde las lecciones inútiles de los profesores hasta de“Nueva York, donde la libertad es una estatua” y José Donoso me llevó a conocer el Chile dela Rinconada, en el Obsceno pájaro de la noche , pero también el espacio marginado deldeseo prohibido, y la violencia en El lugar sin límites . Chile era para mí un lugar. Y ese lugarhabía también anidado las voces a contracorriente de Eugenio María de Hostos, RubénDarío y Andrés Bello. Chile existía en mi imaginación antes de conocer a ningún chileno nihaber pisado Chile.A veces la realidad supera la ficción, pero otras veces la ficción nos hace ver la realidad másbruta. Conocería a Chile en 1985, en plena dictadura militar. Caminaría por el “Araucodomado” viendo, sin embargo, el espíritu indoblegable de Lautaro. El imperio no era elmismo. Ni la CIA, ni Nixon ni Reagan serían lo suficiente anti-héroes para crear una épica.Ni Alonso de Ercilla ni Pedro de Oña se habrían tomado la molestia. Pero tampoco setrataba de un espacio carnavalesco. El rey momo aquél no daba risa. Quien se atreviera alanzarle el tomatazo o berengenazo correspondiente, pagaba muy caro las consecuencias.Por eso se empezó a contar de otra manera. Sin épicas ni carnavales, la protesta creó otrolenguaje, otras formas de ensamblar la historia.  En los 80 la gente ya se atrevía a lanzarse a protestar a la calle, perseguidos por guanacos(tanques de agua hedionda), disparos y el peligro constante de que después del toque dequeda llegaran a sus casas camiones con paramilitares o carabineros que se llevarían aalgún miembro de la familia que probablemente no volverían a ver. ¿Quién no recuerda lamuerte espantosa deRodrigo Rojas, el hijo de la exiliada Verónica de Negri, quemado porlos militares en medio de una protesta callejera de jóvenes en Santiago? Pero había habidotambién otro tipo de protesta: los happenings de automutilación de Diamela Eltit y RaúlZurita, la escritura de una milla de cruces en el asfalto de Lotty Rosenfeld, la atrevidarepresentación teatral clandestina de “El señor presidente” por Isidora Aguirre, y hasta lamisma telenovela “La madrastra”, interpretada alegóricamente como el regreso de quien hasido encarcelado injustamente o lanzado al exilio. La poesía chilena bajo la dictadura supotambién buscar medios creativos para reinscribir la protesta: reescribiendo la ciudad(Gonzalo Millán), respirando un aire nuevo (Gonzalo Rojas), escribiendo en el cielo (Zurita) oconvirtiendo la esquina de un bar en Concepción en el lugar desde el cual se miran pasartodos los días carrosas fúnebres (Tomás Harris). La represión no detuvo la imaginación.Hasta los niños pre-escolares cantaban con estrépito “los pollitos dicen pío, pío, pío, cuandotienen hambre, cuando tienen frío”, mientras recordaban por lo bajo y entre dientes:“pollitos unidos, jamás serán vencidos”.En Chile supe que Pablo Neruda había sido candidato comunista con el estribillo “el que nosalta, es momio” y que a Gonzalo Rojas los momios le habían quitado ya la “L” al pasaportepor la cual no había podido pisar tierra chilena por muchos años por haber sido embajadorcultural de Salvador Allende en Cuba. Gonzalo Rojas residía entonces en Utah, pero estepoeta de Lebu regresaba todos los veranos a Chillán, donde la tierra de los Parra lo habíaadoptado como poeta netamente chillanejo. Esa misma ciudad había adoptado también ensu momento a nuestro Eugenio María de Hostos. Juan Gabriel Araya, chillanejo admirador de Hostos, nos invitó a cenar con Gonzalo Rojas eHilda alrededor de una mesa con chupe de guatitas, un buen asado y vino de la región. Aalguien se le ocurrió preguntar por qué un país capaz de generar las voces poderosas deHostos y Betances, no había logrado la independencia antes de la GuerraHispanoamericana. Entre la comilona y el vino, me habían transportado a la coloniaespañola y no a la norteamericana. Lo único que se me ocurrió fue sugerir la lectura de “Elpaís de cuatro pisos”, de José Luis González, no sin añadir mi consabido carmenritazo:“imagínate, qué puede esperarse de una isla donde hasta uno de mis abuelos cuenta quesu familia salió de Venezuela escapando de Simón Bolívar y le he escuchado a una abuelarepetir que todo estaba mejor cuando éramos colonia. A eso añadí que no podía jurarlo,pero seguramente hasta tendríamos muchos exiliados en Puerto Rico de la época deSalvador Allende, que eso de ser isla trae todo tipo de marea. Gonzalo Rojas se echó a reír yme dijo que mi abuelo le había ganado al momio más momio de Chile, autoproclamado“heredero” de Bolívar, Bernardo O Higgins y San Martín. A mí me tomaría saltar mucho. Así hablábamos, empleando lo que llamarían en el Renacimiento “anacronismo histórico”, paraevitar nombrar obviamente el presente. Lo más interesante es que nos entendíamos ysabíamos reírnos de nuestros propios chistes incomprensibles.Conocí a Fernando Alegría en Bonn, en un congreso del I.I.L.I. al que asistimos Jaime y yo en1986. Al pasar por Nueva York vino a nuestro apartamento de la 106, entre Amsterdam yBroadway. Cuanto chileno pasaba por Nueva York iba a nuestro apartamento a ver a Jaime,tomar mate y comer cazuela y cuanto amigo puertorriqueño andaba por allí, sabía que podía  contar con nuestra casa. De paso por Nueva York, caminando frente al edificio de la IBM,Fernando Alegría se paró frente al edificio “a saludar a Salvador Allende”. Nos pareciórarísimo porque corría entre los chilenos la versión de que una de las compañías que la CIAbuscaba “proteger” del gobierno socialista de Allende había sido la IBM. Pero FernandoAlegría nos decía que esto había sido una gran ironía. Lo cierto es que era el último lugarconcreto donde recordaba haber visto brillar a Allende. Como Agregado Cultural deWashington DC, Alegría había acompañado a Salvador Allende en su visita a Nueva York.Según contaba, justo en el momento en que él y Salvador Allende pasaban frente a esegran edificio de vidrio, se habían encendido todas las luces y habían aparecidosimultáneamente dos estudiantes de la universidad de Columbia que habían reconocido alpresidente y querían aprovechar la ocasión para saludarlo. Salvador Allende, según Alegría,les dio un buen apretón de manos y les dijo que los estudiantes son una promesa y Chile losestaría esperando cuando culminaran sus estudios. Al año siguiente, quizás esos dos jóvenes recordarían consternados ese instante de luminosidad fortuita, si no es que setrataba de dos agentes encubiertos que estaban siguiéndole la pista y formaban parte delescuadrón de criminales que participaba en la planificación concertada del golpe militar conla ayuda del gobierno de Nixon y Henry Kissinger. Porque así era la óptica chilena de los 80,cuando hasta un momento mágico de 1972 podía ser fácilmente interpretado como signoque llevaba a la tragedia del 11 de septiembre.El 11 de septiembre de 2001 fue una verdadera pesadilla para nosotros. Aquellos edificiosen llamas eran simultáneamente los barrios de puertorriqueños que habían desaparecidocomo si les hubiese pasado por encima una guerra fría, el edificio de La Moneda atacado porlos traidores que debían defenderlo, y una gran montaña de muertos sin cuerpos. Lasfamilias que cargaban las fotos de sus seres queridos alrededor de aquel vertedero de fierroque ocupaba lo que fueran las torres gemelas, eran una versión instantánea y desoladora delos rostros de miles de chilenos que todavía buscaban a sus desaparecidos.
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